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Aprender a meditar

¿Por qué aprender a meditar? La meditación es la herramienta más potente y eficaz que nos conduce, de la forma más directa posible, a la liberación del sufrimiento y a reencontrarnos con la paz y el sosiego que tanto anhelamos.

Aunque las razones que nos han llevado a cada uno de nosotros y nosotras a acercarnos a la meditación pueden ser múltiples y diversas, lo cierto es que hay algo en todos los humanos que compartimos y que nos une: todos, en mayor o menor grado, sufrimos y queremos, de una forma u otra, liberarnos de este sufrimiento.

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Aprender a meditar nos invita a iniciar un camino de autoconocimiento e introspección que nos permita no sólo llegar a comprender cuál es la raíz de nuestro sufrimiento, y por ende del sufrimiento humano, sino también cuál es la naturaleza de la mente y cuáles son las leyes universales que rigen la vida.

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Aprender a meditar: Un camino totalmente incierto, pero apasionante

De esta manera, gracias a la práctica meditativa, alcanzamos a darnos cuenta que:

  • Sufrimos porque queremos que la vida sea como nosotros y nosotras queremos que sea y no como realmente es. Resulta que la vida es como es y no como nosotros y nosotras queremos que sea.
  • Sufrimos porque “nos encanta” ponerle al dolor que inevitablemente nos trae la vida una gran dosis de nuestra propia cosecha, de nuestra propia historia e invenciones, de nuestros propios “debería”. Resulta que vivimos en una pelea constante con lo que la vida nos va trayendo en cada momento, convirtiendo este dolor que inevitablemente nos trae la vida en una gran fuente de sufrimiento. Resulta, que lo que nos hace sufrir no es el hecho en sí mismo, sino nuestra reacción al mismo.
  • Sufrimos porque nos encontramos completamente desconectados del presente, del aquí y el ahora, viviendo en términos de pasado y futuro. Resulta que, vivir en la memoria, vivir en la imaginación, es vivir en la no existencia.
  • Sufrimos porque nos hemos desconectado de nuestro propio cuerpo y de nuestros sentidos y vivimos la vida mirando hacia fuera. Resulta que nos hemos desconectado emocionalmente de nosotros mismos y vivimos con el “piloto automático” puesto.
  • Sufrimos porque tenemos una mente reactiva, desequilibrada, condicionada por toda una serie de ideas, juicios, prejuicios y condicionamientos que, sin darnos cuenta, nos limitan, condicionan y gobiernan. Resulta que nuestra mente, en función de los agrados y desagrados con los que se identifica, se mueve, cuando no lo hace con ignorancia ante lo que le resulta indiferente, principalmente en dos términos, con apego o aversión. Y he aquí, puede decirse, la principal causa de nuestro sufrimiento.
  • Sufrimos porque nos encontramos en una eterna e imparable búsqueda del placer y en un eterno rechazo del dolor. De esta manera, sufrimos porque nos resistimos con aversión o rechazo a las cosas que nos duelen y porque nos apegamos o aferramos a las cosas que nos producen placer o nos prometen felicidad, creyendo además que perdurarán eternamente en el tiempo, obviando la ley de la impermanencia. Resulta que existe una ley universal, la ley de la impermanencia, que lo gobierna e impregna todo y de la cual, nada ni nadie, puede escapar.

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La mente en busca de respuestas. ¿Por qué aprender a meditar?

La práctica de la meditación nos ayuda a cultivar la atención plena al momento presente. A su vez, este cultivo de la atención plena se traduce en el cultivo de la capacidad de observar las cosas tal y como son, con apertura, de forma ecuánime y con rigurosidad, esto es, sin añadir ni quitar nada, honrando a la verdad, a lo cierto, a lo que hay o es, aquí y ahora, tal cual es. Se trata ésta de una capacidad de observación no reactiva, de una observación que no elige, que no se apega ni rechaza nada. Esta forma de ver, de observar, de darse cuenta o constatar, llamémosle como queramos, es una forma completamente diferente de ver y relacionarnos con la vida, con nosotros y nosotras mismas y con los demás.

Supone un cambio radical, no sólo por cuanto a la forma de observar se refiere, sino también por la forma de relacionarnos con lo que es, que va mucho más allá de nuestros agrados, desagrados o indiferencias. Esto es la plena aceptación. Esto es amar lo que es. Este es el cambio de visión, de ver, de observar que nos conduce directamente a la liberación del sufrimiento o, al menos, a liberarnos de grandes dosis de sufrimiento.

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La meditación nos libera y nos transforma

La práctica de la meditación nos libera y nos transforma. Nos guía en el camino, nos ayuda, nos sostiene y da fuerzas a la hora de “soltar los amarres” a los que con tanta fuerza nos hemos asido. Nos enseña que vivir una vida impregnada de verdad sólo puede hacerse con humildad, honestidad, responsabilidad y alegría. Con confianza, no sólo en uno mismo o misma sino también en los demás y, en la propia vida y en la propia práctica. Y por supuesto, con mucho amor y compasión. A raudales. Estamos ante el florecimiento de la compasión.

La práctica de la meditación nos abre en canal a vivir la vida, a dejarnos atravesar por ella, a dejar que la vida simplemente sea y nos atraviese tal cual es, sin pretender cambiarla o controlarla, sin oponer resistencia al momento presente. La práctica de la meditación nos conduce a decir, una y otra vez, un gran sí al momento presente, un gran sí a la vida, un gran sí a la verdad.

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La meditación es la respuesta

No menos importante que el cultivo de la atención plena, también, gracias a la práctica de la meditación, desarrollamos otras facultades o capacidades tales como la concentración, la ecuanimidad, el discernimiento y claridad mental, la paciencia, la perseverancia o la determinación. También se desarrolla el equilibrio y la confianza. Incluso la propia práctica nos encamina y prepara para llevar una vida ética y llena de valores, una vida más bondadosa, generosa, inundada de un gran y sincero amor y compasión, por uno mismo o misma, por los demás y por todos y cada uno los seres sintientes que habitan el planeta.

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No obstante lo anterior, y aunque obviamente la práctica de la meditación comporta infinitos beneficios, simple y llanamente, detente, siéntate sin más, en silencio y en quietud, y medita. Observa la verdad de tu respiración. ¿Para qué? Para nada. Nos sentamos porque sí. Nos sentamos desinteresadamente, sin ninguna intención, sin objetivo ni provecho alguno, sin esperas, dejando que la práctica meditativa haga lo que tenga que hacer, dejando que la práctica meditativa siga su curso natural. Meditamos dejando los resultados en manos de la vida, el universo, o si lo preferimos, en manos de Dios.

A fin de cuentas, pretender que la meditación tenga algún objetivo más allá que el objetivo último de sentarse a meditar es equivalente a pretender que la vida tenga algún otro objetivo más allá que el de vivir. La propia meditación se encargará de irte dando todas las respuestas que necesitas conocer, en el momento oportuno, ni antes, ni después. La meditación siempre es la respuesta.

La actitud del meditador

Esta es la actitud de las actitudes, la actitud que nos recuerda que la meditación es el fin en sí mismo. Siéntate, haz lo que tienes que hacer, cómo lo tienes que hacer, y suelta la necesidad de resultado. Sin ninguna intención de conseguir o lograr nada. Siéntate desinteresadamente. Déjate fluir con la vida. Deja que todo lo que es, sea y siga su curso natural, el cual ya sabemos, va a ser tender naturalmente a desaparecer. Aprendamos a vivir de forma abierta, espontánea, desinteresada y con total disponibilidad al flujo natural y espontáneo de la vida. Recordemos que ser felices es posible y está al alcance de nuestras manos.

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