perdonar

La dificultad de perdonar

Se pregunta Jeff Foster sobre la dificultad de perdonar. Y él mismo responde porque el perdón es la pérdida de algo que el ego no quiere perder: alguien a quien culpar por nuestra infelicidad.

En este camino de autointrospección y autoconocimiento en que me encuentro inmersa he constatado que la dificultad de responsabilizarnos de nuestras vidas está muy relacionada con la dificultad que nos supone el perdonar. Y no sólo me refiero a la dificultad de perdonar a otros, sino también a nosotros mismos, al auto-perdón.

Ser cada uno responsable de nuestras propias acciones y omisiones, con independencia del resultado de las mismas, cambia inevitablemente la forma en la que vamos a relacionarnos, con nosotros mismos y con los demás.

perdonar - respondabilizarnos

Responsabilizarnos del perdón

Desde el primer instante en que empezamos a tomar consciencia de esta responsabilidad, todo lo que digamos y  hagamos, o no, única y exclusivamente va a ser responsabilidad de cada uno de nosotros. En consecuencia, toda nuestra felicidad y nuestra desdicha sólo puede ser, y de hecho es, responsabilidad nuestra. Nadie a quien culpar. Nadie entonces con el que enfrentarse, disgustarse o enfadarse. Entonces, la necesidad de estar mirando constantemente hacia fuera con el dedito acusador va cayendo hasta que se invierte. Aquí, en este preciso momento, empezamos a madurar, a responsabilizarnos de nuestras vidas.

Culpar a los demás es no aceptar la responsabilidad de nuestra vida, es distraerse de ella. (Facundo Cabral)

La práctica de la meditación es una gran recurso para ayudarnos a desarrollar con más facilidad y agilidad esta capacidad de inversión del dedito acusador.

razones para meditar

Creernos nuestra verdad verdadera

Aún recuerdo en unos de mis primeros retiros como iba enfureciendo cada vez más porque una de las practicas de aquel fin de semana se me estaba haciendo eterna. No me lo podía estar creyendo. Creía, como si fuera la mayor de las verdades, que aquellos horribles dolores eran culpa de la maestra que no tocaba la dichosa campana. Cuando finalmente sonó estaba tan enfadada que no podía siquiera mirarla a la cara.

Al finalizar el día, en el dialogo de investigación, ya más sosegada, le conté lo que me había sucedido. Sin titubear, ella me dijo algo así como: – Claro, lo que has hecho hoy conmigo, culpándome, de lo que te ha pasado a tí es lo que solemos hacer también ahí fuera. Culpar a los demás de lo que nos sucede. Y así nos va.

Por ello, cuando me veo tentada a culpar o responsabilizar a los demás, lo observo. Observo ese pensamiento de culpabilización que acontece y lo invierto. Invierto hacia mí ese dedito que apunta para fuera. De esta manera dejo de actuar porque fíjate lo que me han dicho o me han hecho. Y la perspectiva cambia con creces.

correcto

Sin embargo, en una sociedad fundamentalmente cristiana como la nuestra, corremos el riesgo de tener que buscar siempre un culpable. Si ya no podemos culpar a los demás por las cosas que nos suceden, empezamos a culparnos a nosotros mismos. Nos autoflagelamos. Nos autocastigamos. Así empiezan los debería haber o no dicho o hecho, ido o venido, entre otros. De nuevo, un sufrimiento sin fin y la gran ayuda de la práctica de la meditación.

Si tu compasión no te incluye a tí mismo, es incompleta. (Buda)

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