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Miedo: Nada más terrible que el miedo

No hay nada más terrible que el miedo. Se podría decir que casi nacemos con miedo. En el momento que salimos al mundo ya tenemos miedo: a lo desconocido. Hemos estado demasiado bien amparados en la protección de nuestra madre. Para nosotros, no han sido nueve meses, sino toda la vida; una eternidad de seguridad.

Desde el momento que nacemos tendremos que crearnos una coraza que nos proteja tanto o más que lo que nos protegió nuestra madre. Nos hemos separado del todo y la sensación de tener que sobrevivir como individualidad se extiende como un reguero de pólvora por todas las células de nuestro cuerpo.

La sensación de tener el control irá creciendo en nosotros hasta exigir de la vida lo primero que nos venga a la mente. Y empezaremos a querer poseer. Y de ahí surgirá más miedo; porque nace del deseo de poseer, de la esperanza de que nuestros deseos se cumplan tal y como imaginamos.

Tenemos miedo al miedo, a la vida, al qué dirán, a que suceda esto, a que no suceda, a la libertad, a estar encerrado, a que no me quieran, a estar solo, a no ser aceptado, a la enfermedad, a un futuro incierto… al amor. En definitiva, a todos aquellos planes que, no siendo los nuestros, la vida nos tiene preparados. Por una sencilla razón: creamos la esperanza de que las cosas sean de una determinada forma y en ese mismo momento empieza a surgir el miedo a que no sea así. Viviendo de esta forma el miedo te mata en vida.

La vida comienza donde termina el miedo. (Osho)

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Consecuencias del miedo

Las consecuencias son atroces; no creo que haya nada peor en la vida, no hay nada más terrible que el miedo. Pero sabemos que todo cambia, y que la vida es complementariedad (Ying-yang); en la otra orilla está el amor. Uno no puede existir sin el otro.

¿Y qué hacemos? Lo primero que tendremos que hacer es ser consciente de él. Cuanto más conscientes seamos mejor lo observaremos desde una perspectiva objetiva, libre de filtros. No se puede luchar contra él. La acción que sale del aquí, no puede sino producir más. Acéptalo. Obsérvalo. Sé consciente de él. Eres igual de perfecto con él que sin él. Ve hacia él y en el momento en el que esperes sentirlo con plenitud, de repente, habrá desaparecido.

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