Distracciones, dificultades y obstáculos de la meditación

Los pensamientos me aturullan continuamente. No tengo un momento de paz. ¿Qué puedo hacer?

Aunque gracias a la práctica de la meditación, cada vez se van creando más espacios silenciosos entre pensamientos, lo cierto es que se puede decir que éstos son la distracción por excelencia. Cuando se medita, igual que en la vida, nuestra mente de mono salta de un pensamiento a otro, de un contenido mental a otro, de una imagen a otra. Salta del pasado al futuro, del futuro al pasado.

Inventa historias

Nuestra mente tiene siempre cualquier cosa mejor que hacer que estar atenta a la respiración, que estar presente. Nuestra mente, la tuya y la mía, la de todos nosotros, hace y deshace a su libre albedrío, a su antojo, como mejor le parece. Simplemente observa la función. Di un gran SÍ a lo que sucede y vuelve a la respiración.

Lo realmente importante y relevante en todo esto es ser conscientes y saber que nos hemos distraído, en el momento en el que lo hacemos. Se puede decir que este ser consciente, este darse cuenta es lo más difícil en la práctica de la meditación. De esta manera, el darte cuenta que estás pensando es un indicador que revela que la facultad de atención se está desarrollando y se empieza a ser capaz de ser consciente de los pensamientos, sensaciones (ya sean placenteras o dolorosas), contenidos mentales o cualquier otro movimiento de la mente.

Entre el apego y la aversión

Entiendo que mi mente se mueve entre el apego y la aversión. Sin embargo, no veo que el apego me cause sufrimiento. Por ejemplo, en ocasiones, en meditación, me veo pensando en cosas que me agradan y no quiero volver a la respiración. Quiero seguir disfrutando de ellas. Ahí no veo sufrimiento.

Tanto el apego como la aversión generan el mismo sufrimiento por igual. Lo que pasa es que mientras que los estados mentales “negativos” nos producen incomodidad y queremos rápidamente deshacernos de ella, en el caso de los estados mentales “positivos” esto no sucede dado que nuestra reacción ante el placer que queremos asir es mucho más sutil que cuando rechazamos algo. Pero, erradicar ambos estados es igual de importante en el camino de la liberación.

La impermanencia de las sensaciones

Sucede que tenemos una visión de las cosas un tanto equivocadas y creemos que lo que en realidad nos genera sufrimiento nos genera felicidad. Parece un juego de palabras pero no lo es. Verás, cualquier percepción o estímulo se refleja en nuestro cuerpo por medio de una sensación. A rasgos generales, esta sensación puede causarnos comodidad o incomodidad. Si nos causa comodidad vamos a querer permanecer ahí, vamos a querer buscar esta sensación por doquier porque es donde nos sentimos cómodos, donde nos sentimos bien.

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Lo que pasa es que también esta sensación es impermanente, su destino natural es desaparecer. Y entonces, cuando las cosas a las que nos hemos aferrado desaparecen, sufrimos. Y así vamos, en un permanente y eterno ir “tras la zanahoria”. En un permanente e interminable sufrimiento.

La invitación a liberarnos

La práctica nos invita a liberarnos de este sufrimiento, a salir de este ciclo interminable del deseo y la aversión. Esto no quiere decir que dejemos de tener preferencias que nos muevan y nos impulsen sino que lo que quiere decir es que los deseos dejan de ser obsesivos y de dominarnos. Por ello hay que entrenar a la mente de la misma forma, tanto estemos ante sensaciones cómodas o ante sensaciones incómodas. ¿Cómo lo hacemos? No reaccionando, no aferrándonos ni rechazando nada de lo que acontece, ya nos parezca agradable o desagradable.

De esta forma, tanto te imagines en una playa paradisíaca como en el más absoluto de los infiernos, permanece ecuánime. Ambas situaciones son lo mismo. Pensamientos, imágenes, contenidos mentales que producen sensaciones agradables o desagradables, cómodas o incómodas.

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Todo lo que surja, deja que surja. Sea bueno o malo. Produzca comodidad o incomodidad. Todo lo que surge está bien. Todo lo que surge tiene derecho a existir. Simplemente permanece, observando de forma ecuánime todo lo que aparezca. Y vuelve a la respiración.

El aburrimiento es parte del juego

Me aburro muchísimo practicando. ¿Hay algo que pueda hacer para que el aburrimiento no me venza y acabe dando por finalizada la práctica antes de tiempo?

En primer lugar, que te des cuenta que lo que te sucede es que estás aburrido, ya es mucho. Lo normal, en los inicios, es empezar a notar incomodidades, empezar a notar ganas de moverse, de salir de la meditación, comenzar a bostezar sin parar. Pero, no sabemos a qué es debido. Quizás sueño, quizás hambre, quizás aburrimiento. Por ello, darte cuenta que estás aburrido e identificar el aburrimiento es el primer gran paso. Obsérvalo con curiosidad, con apertura, con mente de principiante y extraele el jugo que tiene, que es mucho. Observa qué sensaciones te produce y dónde lo localizas en tu cuerpo.

Observa qué sueles hacer y qué haces cuando te encuentras en este estado mental. ¿Te resulta cómodo o incómodo? Mira el aburrimiento con muchísima atención. Permanece muy atento o atenta a la naturaleza impermanente del aburrimiento.

El aburrimiento como estado mental

El aburrimiento es un estado mental y como tal lo hemos de tratar. En la práctica, además, nos sirve para indicarnos que hemos perdido el enfoque y por tanto que no estamos plenamente atentos o atentas a la respiración. En caso de estar nuestra atención correctamente enfocada en la respiración y plenamente atentos o atentas a ella, el aburrimiento no tendría cabida. En el momento presente, nada es aburrido. Por tanto, vuelve a la respiración. Vuelve al momento presente, al aquí y al ahora. Observa como cada inhalación es la primera, como cada exhalación es la primera.

¿Estoy haciéndolo bien?

Cuando me siento a meditar me pasa que no sé si lo estoy haciendo bien o mal. Cuando esta inseguridad me invade empiezo a ponerme nervioso y me bloqueo. ¿Qué puedo hacer?

La inseguridad, el miedo, la duda, la frustración, el deseo y la aversión, el letargo, la agitación, incluso, la felicidad, la paz, la alegría, el aburrimiento así como todos los estados mentales que podrían relacionarse, unos más sutiles y fáciles de ver que otros, deben tratarse de la misma manera. Todos son distracciones. Igual que si fueran un sonido, un contenido mental, un pensamiento. No hay que rechazarlos, no hay que juzgarlos.

Cuando surja un estado mental, como por ejemplo la inseguridad, con la suficiente entidad como para distraerte de la atención a la respiración, haz de este estado mental tu objeto de meditación, sin olvidar que la respiración es el objeto de atención primario y que sólo por unos momentos va a quedar en un “segundo plano”. Pero va a seguir estando ahí.

Observar, una y otra vez

La observación de los mismos debe hacerse de la misma manera que observamos la respiración, sin juicios. Observa cómo surgen. Date cuenta de la sensación que te causan. Tal vez agradable o desagradable. Tal vez cómoda o incómoda. Recuerda que todo estado mental lleva asociada una sensación. Puede ser un pinchazo, sudor, tensión, frío, calor. Fíjate como la sensación surge, permanece y se desvanece.

Con la pura observación alcanzarás a darte cuenta de la impermanencia de los estados mentales. Igual que cada inhalación y cada exhalación, igual que todos los fenómenos, todos los estados mentales están gobernados por la misma ley, la ley de la impermanencia, la ley del cambio. Todos los estados mentales van y vienen, cambian, surgen y desaparecen. El trabajo que has de hacer en la práctica es observar, permanecer muy atento o atenta a estos estados mentales. Date cuenta como la pura observación hace que la distracción se desvanezca.

Los obstáculos de la meditación

Cuando me siento a meditar no veo el momento que suene la alarma, la campana o el gong señalando el fin de la práctica. ¿Qué puedo hacer al respecto?

El Buda decía que quienes conquistan su propia mente son más dignos de elogio que quienes han vencido a mil hombres en mil batallas. Si bien hay tantos obstáculos como meditadores, el deseo es precisamente uno de los cinco obstáculos mentales de los que habla la tradición. Ninguno de los meditadores, seamos principiantes o veteranos, estamos exentos de ellos. De lo que se trata es de que cada uno de nosotros encuentre sus propios obstáculos y los investigue.

En cuanto al deseo propiamente dicho, qué decir. La mente siempre está anhelando algo. Y así nos va. Cómo el burro tras la zanahoria nos pasamos la vida tras algo. El sufrimiento entonces, lo tenemos asegurado.

Veamos qué sucede en el caso que planteas. Parece que desear que suene la alarma, la campana o el gong nos promete felicidad, dicha. Así puede ser por ejemplo la promesa que el dolor que estoy sintiendo finalice en cuanto acabe la práctica o que, una vez suene la campana, voy a acudir a esa cita que tanta ilusión me hace. Sin embargo, lo cierto es que nadie puede asegurarnos qué es lo que va a pasar en el momento en que suene la campana.

El futuro siempre es desconocido

Nadie, absolutamente nadie, puede saber qué va a pasar en el instante siguiente. ¿Cómo saberlo? Nadie puede tener la certeza de que el momento siguiente sea mejor que éste. ¿Cómo saberlo? Recuerda que todo es cambio, todo es impermanente. Todos los fenómenos están en una constante transitoriedad. Entonces ¿Cómo encontrar la seguridad o una certeza abosoluta? Fijate que puede suceder que una vez suene la campana, ni se te pase el dolor ni acudas a esa cita que tanta ilusión te hace por cualquier motivo que te lo impida. Esto nuevamente te produce incomodidad y entonces comienzas a desear otra cosa como por ejemplo que llegue la hora de la cena, que tus amigos te llamen…

Con todo esto no quiere decirse que desear sea malo. Lo que sucede es que estar constantemente en busca de la eterna felicidad, en busca de la satisfacción permanente de nuestros deseos es agotador y genera sufrimiento. Te saca del momento presente. No te permite disfrutar de lo que la vida te da en cada momento, te mantiene en un eterno descontento. La única manera de combatir el deseo es volver, una y otra vez, al momento presente. Anclate en la respiración, instante tras instante.

Rechazar el momento presente

Cuando medito todo me molesta. Hasta el más leve zumbido de una mosca cerca de mi oído me parece insoportable. ¡Quiero que la mosca me deje en paz!

Si el deseo es un obstáculo en la práctica de la meditación, también lo es la aversión, el rechazo al momento presente, a lo que es, hay o sucede. La aversión tiene muchas caras. Son ejemplos de alguna de ellas el miedo a no poder sostener la postura y las incomodidades de la misma; el aburrimiento que podemos sentir cuando estamos meditando; el odio hacia esa mosca que vuela libremente cerca de nuestro oído; el hastío de nuestro compañero que respira muy fuerte y no nos deja meditar o el rechazo al pensamiento repetitivo que una y otra vez vuelve.

La invitación de la práctica es a permanecer ahí de forma ecuánime, a observar e investigar lo que está sucediendo y a volver, una y otra vez, a la respiración. Mira ahí. Observa cómo te sientes y cómo reaccionas cuando la aversión viene a verte. Puede ser que reacciones con ira, con odio, con irritación. Observa cuánto tiempo dura esta reacción, qué sensaciones físicas te produce, cómo es tu respiración. Posiblemente sientas fuego en el estómago. Está bien. Obsérvalo, sin reaccionar, con ecuanimidad. Posiblemente al principio esta sensación incómoda de rechazo o aversión dure mucho tiempo. Pero con el tiempo, irá disminuyendo. No se sabe cuánto tiempo durará la sensación, pero que no te quepa duda que desaparecerá. Entonces, también la ira, el odio se irá con ellas.

El sueño me invade…

¿Qué puedo hacer para no quedarme dormido cuando medito? ¿Hay alguna técnica para permanecer despierto y atento?

Otro de los obstáculos que se presentan en la práctica es la somnolencia o el sueño. También la somnolencia tiene muchas caras. La pereza, el letargo y el adormecimiento son algunas de ellas. En el caso que efectivamente constatemos que lo que tenemos es sueño o nos sentimos adormecidos, debemos estar muy atentos y atentas para distinguir si se trata bien de algo esporádico, y por tanto estamos ante una sensación como cualquier otra, o bien la somnolencia se nos presenta continuamente en nuestra práctica, convirtiéndose en un verdadero obstáculo. No obstante lo siguiente, en cualquiera de los casos, volver una y otra vez a la respiración y mantener correctamente la postura, puede ayudarnos a no dormirnos.

En el primer caso, es decir, cuando empecemos a tener una sensación de sueño, hemos de hacer lo mismo que haríamos ante cualquier otra sensación, aunque quizás en este caso se requiere algo más de energía e intención para que el sueño no nos venza. De esta forma volveremos una y otra vez a nuestra respiración. Volveremos una y otra vez al ahora, al momento presente. Volveremos a este instante, a este otro, y a este otro también. Y desgranando el tiempo en instantes nos iremos dando cuenta que “ahora puedo”, “ahora puedo” y “ahora también”. Si lo necesitas, realiza tres respiraciones profundas. Esto te ayudará a anclarte en el momento presente y a la respiración.

Si, no obstante lo anterior, notas que el sueño realmente te vence, puedes levantarte, lavarte la cara con agua bien fresquita e incluso realizar un paseo consciente. Luego de ello, vuelve a la práctica. Otra posibilidad sería realizar una práctica con los ojos abiertos. Sin embargo, por experiencia propia, si el sueño es realmente muy profundo, aun y tener los ojos abiertos, puedes caer rendido.

¿Falta de sueño?

En el segundo caso, esto es, si resulta que la somnolencia nos es muy familiar y recurrente, será conveniente que investiguemos si se trata de una verdadera falta de sueño y necesitamos descansar más o si se trata de una resistencia a la práctica. En este último punto es importante anotar que toda resistencia a la práctica es una resistencia a la misma vida y hay que estar muy atentos y atentas para ver a qué nos estamos resistiendo. Si no se trata de una resistencia a la práctica y simplemente observas que necesitas descansar y dormir más, debes procurar a tu cuerpo el descanso que necesita. Meditar en este caso por la mañana después de un sueño reparador o en una hora en que sientas que no estás muy cansado puede serte de muy gran ayuda para no quedarte dormido. Evita la práctica después de comidas copiosas.

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La mente en busca de resultados

Cuando me siento a meditar me invade el pensamiento de creer que estoy perdiendo el tiempo. Creo que no avanzo en la meditación, que mi vida sigue igual. En definitiva, que sigo sufriendo.

Este es otro de los obstáculos más comunes, sobre todo en los inicios de la práctica. Tener la capacidad de ver la inquietud, la mente adquisitiva en su pleno apogeo es el regalo que te está brindando la práctica. Así te vendrán pensamientos tales como “con lo que tengo que hacer, y yo aquí sentado, sin hacer nada” o “no avanzo en la meditación” “se suponía que sentándome iba a conseguir parar los pensamientos y parece que cada vez pienso más”.

La casuística de pensamientos posibles es interminable. Cuando te des cuenta de ello, cuando te des cuenta que estás distraído con alguno de estos pensamientos, mira ahí, en la sensación o emoción que te generan. Tal vez sea ansiedad, culpa, inquietud o preocupación por creer tener que estar en otro sitio diferente al que estás en ese momento o por creer tener que estar haciendo otras cosas diferentes y de “más” provecho a las que estás haciendo en ese momento. Date cuenta de lo que el momento presente te dice. Estás donde tienes que estar, haciendo lo que tienes que hacer. A fin de cuentas eso es lo que estás haciendo. Si tuvieras que hacer otra cosa, la estarías haciendo.

Mira ahí, en cómo te estás identificando con ese pensamiento impermanente. Mira cómo te estás identificando con un pensamiento que viene y va. Ahora es éste, pero podría ser cualquier otro. ¿Qué consistencia tiene ese pensamiento? ¿Qué de verdad tiene? Cuestionatelo. Obsérvalo, sin reaccionar, llevando una y otra vez, con apertura, curiosidad, amabilidad y benevolencia tu atención a la respiración.

Capacidad de discernimiento

Precisamente, una de las capacidades o facultades que se desarrolla con la práctica de la meditación es la capacidad de discernimiento, esto es, la capacidad de distinguir en todo momento lo que son conceptos o contenidos mentales de lo que es la realidad. Date cuenta que es cuando nos quedamos atrapados en nuestras percepciones, ideas o contenidos mentales cuando nos alejamos de la realidad. Aprender a cuestionar la realidad de tus pensamientos, a no dejarte arrastrar por ellos, es fundamental para liberarnos de grandes dosis de sufrimiento que de no ser así estarían aseguradas.

Pero mira también en la necesidad de hacer, de conseguir, de obtener. La mente, acostumbrada a vivir en el modo hacer, no le gusta que simplemente seas, que simplemente estés. Y por ello va a revelarse con toda su fuerza. La forma que tiene de hacerlo es sacarte del momento presente a través de toda esta batería de pensamientos. Esta es la artillería pesada que tiene a su disposición la mente. No te creas todo lo que te dice tu mente. Incluso, aunque parezca atrevido, no te creas nada. Simplemente, observa todo ese flujo de pensamientos, como va y viene, viene y va y vuelve, sobretodo, vuelve, una y otra vez, al momento presente, a la respiración. El momento presente siempre es perfecto, siempre es tal y como debe ser.

Medita para conocer a tu mente. Medita para hacerte amigo o amiga de ella. Para entenderla, para verla venir y poder anticiparte a sus artimañas. Simplemente observando, permaneciendo ecuánime, muy atento o atenta a la respiración. Ganar el pulso a la mente requiere mucho trabajo y disciplina, confianza en la práctica y en la propia vida. El camino no es sencillo pero vale la pena.

Otro pensamiento más…

Me siento avergonzado o que no avanzo en la práctica cuando escucho a mis compañeros de meditación sus avances.

Cualquier comparación es un hábito mental que te va a llevar necesariamente a sentir vergüenza, envidia, egoísmo, etc. Todos si bien tienen en común que se trata de sentimientos negativos que nos separan del prójimo.

La práctica de la meditación no debe entenderse cómo un camino que seguir para alcanzar una determinada meta. Cada meditador o meditadora tiene su camino, su propio avance y no puede ni debe ser comparado con el de otro. La práctica de la meditación no es ni debe ser una competición de unos contra otros. Esto es muy importante entenderlo porque sino puede convertirse en una fuente de frustración corriéndose un riesgo alto de abandono de la práctica.

En cualquier caso, la propia meditación, practicada con continuidad, nos va a situar en un lugar muy diferente respecto de los otros. De esta forma, con la práctica, el hábito mental arraigado en nosotros de tender a la comparación, al distanciamiento, se invierte y en lugar de buscar comparaciones, aún y saber que inevitablemente existen diferencias, comenzamos a ver las similitudes. Se inicia todo un proceso que tiene más que ver con la hermandad o la humanidad compartida que con la separación.

No tengo tiempo para meditar

Dudo que este sea el momento adecuado en mi vida para meditar. Ni tengo tiempo ni soy capaz de sostener la postura, así no creo que la práctica me ayude.

La duda es un obstáculo con el que hay que saber lidiar. Realmente el que duda sufre mucho porque cree que debe tomar una decisión inmediata y que además es él y nadie más que él el que debe tomar la decisión.

La duda es mortificadora. Nos causa una gran zozobra y nos inmoviliza. No nos permite avanzar ni concentrarnos en otra cosa que sea resolver la duda que tenemos. La mente va a ir para adelante y para atrás, va a plantearse todas las opciones habidas y por haber y ahí te vas a encontrar, en esa lucha constante de “dejo la meditación o no la dejo” “si la dejo todo lo que llevo practicando será tiempo perdido”, “voy a sentarme hoy y a ver si esto se me pasa”, “otro día más perdido” y así un sinfín de posibilidades.

La práctica continuada de la meditación nos reconcilia con la duda. El único antídoto es volver, una y otra vez al momento presente, al ahora, a través de la respiración, con paciencia y determinación. Ver la duda con total claridad cuando viene y dejarla simplemente ahí, como cualquier otro fenómeno, como cualquier otro pensamiento, en la convicción que de la misma manera que ha venido se va a ir. Pero no porque lo sepamos intelectualmente, sino porque lo hemos constatado, una y otra vez, en nuestras propias carnes. Date cuenta de este estado mental, de la duda en sí misma y cómo y cuándo se resuelve, si es que lo hace.

La meditación nos pone contra las cuerdas

La práctica de la meditación nos va a poner entre las cuerdas en numerosas ocasiones. A veces, abandonaremos la práctica por un tiempo, luego nos reconciliaremos con ella. Pero la semilla ya está sembrada en nosotros y nosotras. En el caso que la duda sobre la práctica aceche, investigala. Investiga ese pensamiento limitante que te está haciendo dudar. Detrás de la duda siempre hay un miedo. Mira a ver cuál es. Recuerda cuál es el motivo que te acercó a la práctica y que todos los que estamos en este camino hemos pasado, estamos pasando y pasaremos por las mismas dudas que las tuyas.

En términos de comodidad e incomodidad, todos los obstáculos nos van a poner en una situación incómoda. Y esto va a suceder tanto en la práctica de la meditación como en nuestra cotidianeidad. Nuestra mente va a querer salir de esa incomodidad. ¿Cómo? De la única manera que sabe, reaccionando. Para deshacer este hábito reactivo de la mente simplemente observa con total ecuanimidad el obstáculo, conviertelo en el objeto de la práctica, sin aversión, sin apego, sin querer modificar ni cambiar nada. Reeducar a la mente y enseñarle que no hay salida, que aceptamos el momento presente tal cual es, ese es nuestro trabajo en la práctica meditativa. Realmente enfrentarnos a todos y cada uno de estos obstáculos es un verdadero regalo. Así que, cuando lleguen, démosles la bienvenida y dejémosles que estén hasta que decidan marcharse.

Aquí termina el artículo Distracciones, dificultades y obstáculos de la meditación.

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Mavi Mariscal

Buscadora y practicante de la meditación Samatha & Vipassana. Enamorada del silencio y la quietud. Del ruido y la vorágine. De lo simple, bello y poético. De lo complejo, feo y prosaico. De lo profundo y superficial. De lo espiritual y terrenal. Del todo y de la nada. La práctica de la meditación me ha reconciliado con lo que "ES", aquí y ahora.

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